Nunca la definición de stakeholders (interesados en algo) había estado tan clara como hasta estos días del Covid-19. De pronto, todos nos hemos convertido en analistas de prensa, en consumidores escrupulosos, en árbitros gastronómicos, en familiares solícitos ante nuestras debilidades y fortalezas, en empleados cabales, en pacientes trabajadores que esperan su reenganche con la empresa una vez que se acabe con la cuarentena.
Las empresas han pasado de ser enormes proveedoras a mansos cachorros que, ansiosos, esperan que sus amos –nosotros– les tengamos confianza para que sus cifras no bajen demasiado en las bolsas de valores. Los empleos más ignorados, esos invisibles, pasan –de la noche a la mañana– a ser indispensables, fundamentales para mantenernos a todos a flote, alimentados, atendidos sanitariamente, complacidos para que habitemos nuestros espacios alquilados o hipotecados, lo más gratamente posible.
Los influencers dejaron de tener valor con sus fotografías de café con leche y moda para darle paso a las recomendaciones de científicos, médicos y expertos que, sin señalarnos con el índice, nos dicen lo que nos dijeran todas nuestras madres: sean aseados, lávense las manos y la cara.
De pronto todo se hace importante y, a la vez, prescindible. El coche, aparcado está y ni nos acordamos de esa máquina transportadora. El plástico y todos sus derivados, tan denostados por los ecologistas, pasan a ser parte de la higiénica forma de mantenernos vivos: guantes, tejidos con hilados de nylon y poliéster, envases ‘Tupperware’, jeringuillas, bolsas de basura. Toda una colección de cosas que, más valiosas que nunca, se intercambian en los mares de piratas y bucaneros que buscan riqueza con la enfermedad que nos arropa y desarropa a todos.
Las cifras del empleo bajan a la misma velocidad que suben los enfermos. Las recuperaciones de muchos son la alegría de la tarde, de esas tardes frente al televisor como único canal que nos mantiene conectados al colectivo, un colectivo con el que aplaudimos terapéuticamente a las 20:00 horas y que, desde que cambiamos al horario de verano, tiene rostro y se viste para la ocasión.
La vida se nos cambia, los valores también. Nos hacemos mucho más exigentes con nosotros mismos, no toleramos lo fatuo, ni lo superficial. Las conversaciones se hacen más cultas, llenas de reflexiones sobre lo que es convivir, ser. El hacer se convierte en un paradigma de orgullo: hago cosas con mis manos, cocino para todos, limpio para que la casa esté más habitable, celebro los logros domésticos como si de una hazaña se tratara.
Así estamos, de pronto somos. Somos gente, humana, directa, sensible, cariñosa. Nos llamamos por teléfono para escucharnos, hacemos mini-reportes diarios sobre nuestra salud y, si alguien ha caído, los ánimos no cesan, son una especie de mantra colectivo que nos mantiene eso, animados y cercanos a ver las metas: salir airosos lo más pronto posible.
Como stakeholders somos –seguiremos siendo– críticos con los tiempos y reacciones de los gobiernos. No toleramos la ineficiencia, ni la falsa política demagógica. Estanos esperando en nuestras casas que esto termine para pedir cuentas a los que ostentan el poder de las butacas en los palacios legislativos. Ya basta, nos decimos unos a otros desde el sofá del salón. ¿Qué se han creído? Nos decimos los miembros de todas las edades.
Las elecciones que estén por venir no mirarán las ideologías, ni los partidos. Verán con escrupulosa meticulosidad las palabras, acciones y dejadeces que hicieran los políticos dentro de esta pandemia.
No se tratará que, a mal de muchos, consuelo de tontos. Versará este aprendizaje sobre lo que importa: la salud, la educación, el estado del bienestar. Velaremos porque la vida no se nos vaya entre los dedos, sino que la vida es para eso, para vivirla con la honestidad de que la información sea veraz, sin apaños y sin engaños. No cabrá dilaciones, ni ‘lo siento’, sino respuestas suficientes y realistas.
Veremos la luz que está al fondo de este túnel. La veremos, señorías de la política.