Venezuela sigue siendo noticia diaria. Cuando no es porque no hay gasolina, es porque las manos de la diplomacia internacional quieren hacerse con parte del botín del otrora país democrático.

Son tempos, como si de música se tratara. Están los de la ‘revolución bonita’ que, de linda se ha convertido en esperpento. La han ido maquillando, la subieron a tacones, paseado por tantos bulevares de países amigos que, ha quedado la pobre revolución convertida en eso, en un saludo agrio y lánguido a la bandera de las ocho estrellas.

Otro tempo es el de Henrique Capriles Radonski que, con ganas de hacerse con la silla de Miraflores por tercera vez, se trataba de medirse con Maduro el seis de diciembre. Iba, coqueteaba un rato con el mandatario del bigote, le decía que sí, vamos a darle a una justa medición de fuerzas en las urnas y, de pronto, con el tempo internacional en su contra, se rajó.

El tempo de los 250 exmandatarios, diputados, senadores y demás señorías se ve truncado por las acciones diplomáticas erráticas y cómplices de Josep Borrell que, por lo visto también se ha convertido en lacayo de las asesorías al país caribeño por parte de los amigos y mentores de la revolución: los de Podemos y los demás partidos de la coalición de Sánchez.

Los tempos de los demás opositores van y vienen. Están los de María Corina, los de Borges, los de Guaidó. Son unos tempos tan largos en la orquesta que adereza la vida de los venezolanos que pueden ir a cambiarse de ropa, dar una vuelta y volver a tocar su instrumento con el ceño fruncido, con las ganas de aparecer otra vez en la palestra nacional que, ya harta de oír pendejadas se cala sus colas para comprar gasolina o cualquier otra cosa. Lo que sí es cierto es que Venezuela necesita urgentemente que se ocupen de ella. Boquea al lado de la carretera, moribunda de merma, desangrada de tanto sacarle todo lo que se pueda que, no queda prácticamente nada. Las empresas, que ocupaban brillantes naves industriales en polígonos industriales, hoy son un paisaje al estilo de Mad Max. Los centros comerciales que lucían mercancías del mundo entero son espacios que lucen sus miserias en los aparadores de cristal. Eso sí, los bodegones de importación que nutren las fantasías de quienes vivieron esa Venezuela y, la pretenden con sus múltiples formas de negociación con la maltrecha revolución, están abarrotados de comidas traídas de lugares lejanos. Una realidad paralela la que vive el trabajador común y corriente, el que tiene un salario de risa o dos que son carcajada y que, de tanto buscar qué comer se ajusta el cinturón que debe agujerear una vez más al final de cada mes, el otro tempo, el que llevan los venezolanos.