El chavismo le tiene miedo al lobo. Como siempre van de Caperucita, rojitos, le tienen miedo al lobo feroz de la democracia. En este cuento, a Caperucita sí se la come el lobo porque no pasa en un bosque, ni con una abuela, sino que son cientos de lobos los que se comen a la niña de colorado.

Las elecciones del 6 de diciembre deben tener a Maduro con acidez, sin dormir, con dolor de cabeza. De tanto vociferar, insultar, buscar culpables, repartir responsabilidades, no le queda más que la resignación de la mala tarea hecha y, lo que es peor, saber que no le tocarán tiempos benevolentes con el resto de su gestión presidencial.

¿Qué es lo que pasará realmente? Que cambiará la Asamblea Nacional. Cambiarán los rostros de los diputados y no le permitirán al presidente Maduro aprobar esas leyes maniqueas a las que nos ha acostumbrado el chavismo. Y punto.

De ahí, que se puede intuir que es el fin del gobierno de Maduro, que tendrá que renunciar, que se llegará a la paz en las calles, habrá comida en abundancia y bajarán los índices de criminalidad, eso no va a ocurrir el 6D.

Si podría pasar que si los escaños de la Asamblea Nacional se llenaran de mayoría opositora –y esta se mantiene unida en sus propósitos de cambio nacional–, que los diputados con su poder de convocatoria y manejo del discurso público, sean capaces de movilizar a los ciudadanos para que más del 20% del electorado que concurrió a las urnas en 2013 para elegir a Maduro (unas 3 millones de solicitudes), solicite la convocatoria de un referéndum revocatorio de acuerdo al artículo 72 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999. Esto podría ocurrir, de acuerdo a la carta magna, en abril de 2016, es decir, cuando haya superado la mitad del mandato.

¿Qué más viene? Cambios en el panorama de los líderes políticos. La oposición tendrá un papel protagónico en la redacción de las leyes, podrá ajustar aquellos elementos legales que se consideren poco apegados a una práctica democrática. Quedarán desplazados del poder los que abanderaron la presidencia de la Asamblea Nacional y, tendrán estos ciudadanos la oportunidad de regir los destinos del país, sobre todo quien sea el presidente del hemiciclo, de suplir al presidente de la república en caso de fallecimiento, ausencia.

¿Hay esperanzas? ¿Qué hay miedo? Si, por supuesto que sí. Los venezolanos sensatos saben que no vienen tiempos fáciles. Que estas elecciones no transformarán a Venezuela en sus necesidades más perentorias. Los otros, los que se han vivido al país con sus corruptelas, tienen mucho miedo de saberse desprotegidos, de la noche a la mañana, de las combinaciones del poder institucional, ahora fracturado y alejado de las manos de Maduro, si se obtiene un resultado de acuerdo a las encuestas (cerca del 60% le daría apoyo a la oposición).

Está el lobo a las pesadillas de Maduro y sus secuaces. Ese mal sueño no estuvo entre los de Chávez. Ese sueño de reivindicaciones está entre los opositores desde hace 16 años. Ojalá que las trampas se queden de lado, que impere el buen sentido de parte del Consejo Nacional Electoral venezolano y de sus miembros (que nunca han sido imparciales), que el resultado electoral sea asumido con hombría y honestidad y no con la cobardía que pareciera que va a imperar.

Venezuela merece un tiempo renovado. Merece un liderazgo comprometido con el futuro, que sea capaz de afrontar los retos de una economía globalizada, atraer a la inversión y, sobre todo, que fomente la creación de empresas que, a la postre, son el pan de todos.