Descripción del proyecto

 

Publicado inicialmente en BEZ.ES

Muere Chávez, Maduro toma el poder y sigue guiado por Fidel. Muere Fidel. ¿Y ahora qué? Una revolución sin ideólogos, sin mentores para la demagogia, sin libro de instrucciones. Una condición aterradora, sin rumbo político cierto.

Raúl, en apariencia férreo defensor de los bastiones de la revolución cubana, en cuanto pudo retratarse con Obama, lo hizo, dejó que en el malecón las firmas de moda hicieran sus desfiles y hasta a los Rolling Stones se les salpicaron las guitarras con el salitre habanero.

Trump no está por la labor de su predecesor demócrata. Sabe que le conviene tener resuelto el tema cubano lo antes posible. Hay intereses en zanjar eso, sobre todo porque su amigo Putin está tras las deudas que tiene Cuba con la antigua URSS. La nueva Rusia quiere tener sus cercanías con los americanos y la isla caribeña es geopolíticamente estratégica.

Maduro no es Chávez. No tiene ni el poder ni las glorias del comandante. Al contrario, como estratega y estadista ha demostrado una incapacidad rampante. Si el tema venezolano estuvo en la agenda de Estados Unidos, este ha pasado a la última página. El único interés para Trump sobre Venezuela es que siga siendo un proveedor petrolero y que haga lo posible por mantener la gasolina que nutren a las estaciones de servicio Citgo, cuyo capital es en un 50% de Petróleos de Venezuela. Nada más. Un interés meramente comercial y de suministro.

Sabe Trump que ocuparse más allá es tocar el tema humanitario, delincuencial, de saneamiento político y, si se quiere hasta moral, y eso no se parece en nada a las políticas que el magnate del ladrillo quiere hacer en su tránsito por la Casa Blanca.

Por otro lado, los aliados del Palacio de Miraflores se han ido saliendo de escena, los Kirchner, Dilma y Lula, Mujica y muchos otros en la escena internacional como Gadafi y Ahmadineyad van dejando la mesa del presidente de Venezuela con retratos de gratos momentos, pero grandes soledades ideológicas… un vacío enorme para un dirigente cursi, sin rumbo y sin credibilidad.

Maduro no tiene nada, ni siquiera dignidad. En plena mesa de diálogos se ausenta y monta un show radiofónico para bailar salsa. Una especie de Nerón que toca su lira mientras incendia a Roma. Un manejo mediatizado de sus debilidades como dirigente, lloros que buscan distraer la atención sobre lo que de verdad importa: un pueblo que se muere de mengua.

Por su parte, la mesa de diálogos parece una piñata a la que todos quieren acudir para el selfie. La consigna pareciera ser que en la moral de la postverdad es muy importante salir en esas fotos del Facebook de los libertadores de un país que se cae a trozos. La propia oposición no sabe qué postura adoptar. Tanto la Mesa de la Unidad Democrática como los partidos políticos de la oposición se sienten atrapados en una puerta giratoria que no hace sino acelerarse y no dejar claridades de futuro. Un mareo de alternativas que se van acumulando y, no es que no falten voces y opciones desde ese lado de la mesa de diálogo, es que pareciera que se habla a los farallones.

Los problemas a Maduro le crecen. La inseguridad, la humillante situación de desabastecimiento alimenticio y de medicamentos, la inflación que ha llevado a la paridad del dólar a cifras impensables y sigue en aumento, la corrupción que campea a sus anchas junto al narcotráfico (en que sus propios sobrinos están a punto de cadena perpetua), dejan un panorama muy desalentador, descorazonador.

Lo peor es que a Venezuela también le crecen los problemas. Tiene un gobierno alejado de lo importante, que hace demostraciones lastimeras y discursos huecos sobre una ideología trasnochada y sin unos resultados que enfaticen la riqueza recibida del petróleo.

Venezuela ha llegado a la encrucijada del camino. No sabe cómo seguir, ni tiene cómo hacerlo bajo el mandato de los revolucionarios. Aquella vía al progreso y el desarrollo que otrora se marcó, es una quimera. Venezuela no sabe cuál es el camino a seguir porque hace mucho, desde que se subió el chavismo al poder, va por las rutas sin mapa, sin criterio, sin GPS.