Originalmente publicado en BEZ.ES

La gente, en general, no entiende qué está pasando en Venezuela. Se quedan en la noticia diaria, esa que se come a la información del día anterior, dejando de lado lo que va quedando, ese sustrato que es la pátina de los venezolanos de hoy. ¿De qué está hecha esa pátina? De hambre. De hambres múltiples. Hambre de estómago, hambre de seguridad, hambre de medicinas, hambre de certeza, hambre de futuro, hambre de políticos resteados con el pueblo, hambre de sinceridad, hambres. Muchas hambres.

Una marcha enorme, un contingente que se hizo mancha sobre las ciudades, sobre la conciencia de Maduro, es la última imagen que viene de Venezuela. Una especie de infarto, de congestión cardíaca que deja boquiabierto, en un latido estertóreo que muestra la muerte de un régimen que se resiste en su boqueo.

Los esfuerzos por darle vida a ese corazón agotado se multiplican. Desde el extranjero el expresidente español Rodríguez Zapatero busca posicionar un mensaje de paz que secunda el papa Francisco. Las voces amigas del régimen se van sumando a ese clamor de pacificación, de entendimiento con la oposición, de búsqueda de salidas coordinadas a una situación que se ha transmutado en crisis humanitaria.

En Venezuela pasa que los poderes han estado plegados al presidente, a los presidentes Chávez y Maduro, hasta que la Asamblea Nacional se hizo de mayoría opositora en diciembre de 2015. Los cinco poderes nacionales -Venezuela es un país que decidió a través de su constitución sumar dos poderes más a los planteados por Montesquieu-, tocaban al son que el comandante Chávez les entonara. Maduro no corre con esa suerte como cantor. Por mucho que pide unidad en el poder, las quejas van ganando espacio, una epidemia que va acabando con el país y sus posibilidades y, la Asamblea Nacional, le frena cualquier intensión de alteración constitucional.

¿Cómo están las cosas? ¿Por qué no deja de aparecer Venezuela en la prensa?

Primero, por la crisis humanitaria creada por el propio gobierno y su inacción política. Ha creado el chavismo una estructura de dependencia del Estado-Gobierno para todo. ¿Cómo? Con las expropiaciones que han mermado la capacidad productiva. Con el reparto insano de los recursos económicos provenientes del petróleo sin tener una política de ahorro e inversión, mero gasto para dar sensación de riqueza. La sola caída de los precios del petróleo le ha generado a Venezuela un déficit enorme que se traduce en la imposibilidad de importar alimentos y medicinas y, de allí las enormes colas de gente que busca poder sobrevivir con lo que consiga, con lo que rasguñe de los supermercados.

Segundo, por una falta de diálogo permanente con la oposición. Desde abril de 2002, cuando se creó la mesa de diálogo para solventar los problemas políticos -que no económicos por aquel entonces- gobierno y oposición se han enfrentado de las peores maneras. Los gobiernos de Chávez y Maduro han tratado a sus oponentes como escoria, dándole calificativos que, usados por el pueblo en las calles, ha llegado a crear profundas escisiones en el ánimo popular.

Tercero, porque no se respetan las reglas del juego. En 1999 cuando por un referéndum aprobatorio el pueblo venezolano votó por la constitución que rige supuestamente rige los destinos del país, se acordó que, si en la mitad del mandato presidencial el pueblo no estaba de acuerdo con las formas de manejo del poder, se podría convocar ‘soberanamente’ a un referéndum revocatorio. Ese ejercicio democrático ha sido paralizado por el poder electoral, uno de los cuatro poderes que siguen plegados a los designios de la presidencia.

Cuarto, porque el gobierno tiene varios presos políticos, a los dirigentes de la oposición con prohibición de salida del país, a los alcaldes y gobernadores de la oposición amenazados con no otorgarles los dineros para la gestión de sus regiones.

Quinto, y no menos importante por ser el último, por el hartazgo de la gente. Una necesidad de ser pueblo, de representación legítima, de que sus necesidades puedan ser satisfechas con normalidad y, con la certeza de llegar a casa sin las sorpresas diarias de un muerto más producto de una bala envidiosa que robe las bolsas de comida y deje, una vez más, agonizantes a las familias.