¡Vamos a ver!

 

De pronto, como que, si de un indeseable se tratara, Juan Guaidó se ha convertido en un apestado. ¿Por qué? Porque se niega él y su equipo a dialogar en Oslo. ¿Qué diálogo? ¿Hasta cuándo dilatar las cosas con palabras que no llevan a nada? ¿Por qué darle respiración asistida desde las mesas diplomáticas al gobierno de Nicolás Maduro? ¿Qué oscuros intereses se esconden tras tantas largas?

Hay que ir por partes, sin emocionarse demasiado como aquellos que insisten en una invasión norteamericana al estilo de los helicópteros de Apocalypse Now. Juan Guaidó es el presidente de la Asamblea Nacional que, luego de Cabildos Abiertos, se juramentó junto al resto de los diputados de ese órgano del Estado venezolano como legítimo presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela.

Segundo, en esa condición ha sido reconocido por varios países, siempre y cuando siga el plan que se ha trazado desde el primer día: cese de la usurpación, gobierno de transición y, sobre todo esto es muy importante para los respaldos internacionales, elecciones libres.

Si vemos esa hoja de ruta que, a decir verdad, cansa un poco como retahíla, en Oslo no se planteó el cese de la usurpación porque se considera que Maduro sigue siendo legítimo, ergo, que Guaidó viene a ser un muchacho antojadizo. En la diplomacia se plantea lo que siempre quiere el usurpador: tiempo para seguir con sus fechorías que, a todas luces son atroces mecanismos para someter al pueblo a hambre, miseria y muerte.

El gobierno de transición tampoco se puede producir, salvo bocanadas de aire de carácter internacional con las distintas embajadas que se han ido creando o, la recientemente rescatada en Washington. Poco más. Sin el apoyo de la Fuerza Armada, hay muy poco qué hacer. ¿Parecía que tenía Guaidó el apoyo de los militares? El día 30 de abril amaneció con ese tufo a pólvora, pero, terminó siendo una cortina de humo (con todos los problemas que trajo y no desconocemos) para sacar a Leopoldo López de su condición de casa por cárcel a una condición de huésped en la embajada española de Caracas. ¿Se avanzó mucho con eso? Muy poco, lamentablemente porque Guaidó perdió fuelle con esa acción. Lo dejó a la vista de muchos como un acólito de López, como el segundo de a bordo del partido Voluntad Popular y, eso, le restó apoyos tanto de los venezolanos de a diario, como desde el extranjero.

Tercero, los americanos. Tienen tantos problemas por todas partes que no están como para más rollos. Con declaraciones tienen bastante y, eso de mover tropas o de hacer un comando tipo Granada (Isla del Caribe) en octubre de 1983, quedó un poco del siglo vigésimo, así que nada más se puede esperar del gobierno de Trump.

¿Qué queda? ¿Qué se puede hacer? Luchar por esa hoja de ruta con todos los medios posibles, procurar que no decaiga el apoyo que dan los venezolanos de la diáspora a la labor de Guaidó como presidente legítimo, hacer que, en la medida de lo posible, las ayudas médicas y alimentarias lleguen a Venezuela, aunque sea a través de ONG y particulares, y, eso sí, no dejarse encantar por los cantos de sirenas del diálogo. Queda demostrar que Maduro se va quedando solo, muy solo porque sus propios secuaces se han ido volteando buscando réditos, entregando vídeos, dejando ver la desnudez del otrora delfín de Chávez.

Ya basta de tanta larga, que ha llegado el tiempo de dar un golpe sobre la mesa y decir ¡Vamos a ver!