Una imagen de Nicolás Maduro empuñando una pistola el 11 de abril de 2002 revela el carácter belicista de quien hoy dirige los destinos de Venezuela. Ese pistolero, sí, al estilo de las películas del oeste norteamericano, que busca que los pueblos de todos los países le respeten a él y a la patria, debe saber que no se logra cambiar el ánimo de la gente cuando se le ve a quien pide respeto con un arma en la mano.

Sus tres años en el poder han estado marcados por una prédica constante de intentos de asesinato, confabulaciones dignas de películas de alto presupuesto, cercos económicos al pueblo, a Venezuela, manejo de los mercados petroleros en desmérito de su gesta heroica por conducir hacia el despeñadero a todo un país.

Maduro no ha hecho nada. Cuando era presidente Chávez, defendió los intereses de su jefe con esa pistola. Vociferaba en las palestras públicas internacionales de la misma forma como lo hacía su mentor, con las “p” hiperpronunciadas, tratando de demostrar una fuerza humana y política a toda prueba del invasor extranjero, cuando en realidad tiene desde hace mucho a los hermanos Castro cantándole al oído las canciones que debe entonar.

De tanta bobería, se ha creído ungido de la verdad. No es capaz de ver que el pueblo chavista se convirtió en bumerán y hace a mansalva lo que le apetece: ataca a seminaristas, les golpea y desnuda, deja a las señoras son opción a pan, a los chóferes –como él– sin repuestos para sus camiones y buses, a los niños sin escuelas abastecidas de las meriendas necesarias, a los médicos con los hospitales sin recursos.

Se le acabó el tiempo de culpar a los cuarenta años anteriores como hizo Chávez durante 14. Ya son demasiadas décadas en el poder y, así como el pescado hiede al tercer día, el gobierno de Maduro tiene un hedor de tres años más 14… un aparato gubernamental podrido de tanta inacción y verborrea.

No hay día que no haya problemas de electricidad, secuestros, asesinatos, colas interminables para tratar de comer. Tiene tanta desfachatez, tanta egolatría, tantas ganas de ser el centro de la atención, que hasta en los partidos de futbol se encadena por televisión para que pueblo ni siquiera -el circo de gladiadores de la contemporaneidad- lo puedan disfrutar. Sin pudor, sin vergüenza, Maduro avanza a toda prisa hacia el revocatorio, eso sí, antes se está ocupando de pedir lealtades a la Fuerza Armada Bolivariana, de tergiversar los artículos de la constitución para que el Tribunal Superior le interprete la letra a su manera y pueda, con el librito azul en la mano, hacerse un autogolpe que lo perpetúe en el poder, como hiciera el comandante supremo con tantas estratagemas constitucionales.

Mientras escribo estas líneas, siguen pasando cosas, sigue la gente enardecida, los políticos de oposición buscando soluciones y generando ese tejido necesario para que, llegado el día, por vías democráticas, alcanzar el poder y, con honestidad, decir que la tarea es larga, que reconstruir se llevará años, que se necesitarán recursos de todo tipo y que sí, que se hará justicia llevando a esa manga de facinerosos frente a jueces imparciales.

Llegará el día en que Maduro, pistola en mano, repita la imagen de Puente Llaguno. Llegará.