Este artículo se publicó en bez.es

Las negociaciones de paz en Colombia se firman en La Habana. Un proceso largo, no tanto como el armado vivido, pero sí con carácter enfático –o al menos así parece– que deja interrogantes en lo menudo, en eso de todos los días. Los papeles aguantan todo, dan de sí lo que pueden y reflejan horas de horas de negociaciones. Tras cada palabra firmada hay personas que deberán acatarlas, así como un Estado que garantice que se cumplirán los acuerdos desde los principios democráticos.

Un enorme ejército uniformado pasará de la subversión a la vida civil, entre 6000 y 11000 miembros de las guerrillas con sus respectivas armas, con un apoyo incondicional desde fuera: los milicianos. Un contingente del que se ignora su número y que facilitó durante años la acción revolucionaria.

Como se puede imaginar, en el proceso de desarme y transformación de las Farc y sus integrantes dentro del sistema democrático colombiano, con la cantidad de milicianos sin identificar, se teme porque un buen número de personas se cuele esperando los beneficios del desarme.

¿Y cuáles son esos beneficios? Los primeros son de tono político. Las Farc dejarán de ser un grupo armado, y pasarán a conformar un partido político con representación mínima tanto en la cámara de Representantes como en la cámara del Senado (5 miembros en cada cámara). Esa cantidad se ha negociado en el pacto, pero primero deberán dejar las armas, constituirse en partido político y presentarse a las elecciones tanto de 2018 como de 2022.

Los demás beneficios son más de carácter personal. Apoyo a la salud, acompañamiento psicosocial para la reinserción en la vida civil, educación y reunificación con sus núcleos familiares. Apoyo económico transitorio y, apoyo para la constitución de iniciativas de economía social. Un paquete nada despreciable que puede convertirse en un desaguadero de recursos por parte de La Casa de Nariño.

Ahora, no todo está dicho. El acuerdo debe ser refrendado por parte de la ciudadanía colombiana. Pasará por las urnas la decisión aprobatoria, o no, del acuerdo y eso, aunque luce un hecho, puede ser un bumerán para todo el proceso de paz. ¿Por qué? Porque plantea, vistas las encuestas, una abstención de más del 60% con una participación de cerca del 35% del electorado, que a la luz de los acontecimientos, votaría que sí al acuerdo.

El expresidente colombiano César Gaviria aseveró a ‘El País’ que si el referéndum no es positivo para el acuerdo, se volverá a la guerra. Nada halagüeño para una guerra interna de más de 50 años con un saldo de más de 200 mil muertos, miles de secuestros y extorsiones.

Los hombres de las Farc, sus líderes, tienen un buen número de órdenes de captura por parte de Interpol, sumas extravagantes por información de su paradero, en fin, un prontuario delictual que invita, más que al perdón y la comprensión que se pretende con este tratado de paz, a una condena moral y judicial de dimensiones parecidas a las de los juicios de Nüremberg.  Pero, por tratarse de eso, de un tratado de paz, son muchos los procesos que vendrán, así como mucha la paciencia por parte de los colombianos que se han sentido mancillados por tanta violencia.

Por otro lado, las Farc se han ocupado de la producción y compleja mafia de distribución de la droga para satisfacer sus necesidades de financiación, labor de desmontaje nada fácil que requiere de una filigrana de movimientos socio-políticos.

Muchas preguntas. ¿Cómo quedarán los expedientes de los más buscados? ¿Se trasladará la guerrilla a otros países? ¿Habrá disidentes? ¿Será todo tan pacífico como luce en el papel? ¿De qué va a vivir esa gente? ¿Cuáles serán las formas de reeducación de ese contingente y de los pobladores vecinos a las zonas guerrilleras acostumbradas a vivir de la siembra de coca, su procesamiento y negociación?

Y más preguntas desde la ciudadanía. ¿Cómo aceptar? ¿Cómo perdonar y reinsertar a los disidentes? ¿Cómo poder escucharles y observar con atención sus demandas?

No hay respuestas únicas. En los acuerdos de La Habana está toda esa literatura, muy buena, por cierto, que dará qué hablar y, por supuesto, por ver. De momento, dudas.