Peripecias institucionales, saltos de talanquera, volatineras de circo han resultado ser las estrategias del chavismo en los últimos días. Un espectáculo para ilusos e ilusionados en cambios profundos en materia democrática y derechos humanos en el régimen dictatorial de Nicolás Maduro.

De pronto, las pancartas de las protestas lo señalan como tal. ¿Cómo es eso? Bastará que se haga una revisión de la prensa, no solo la de noticias, sino también la de opinión para leer con todas sus letras que Nicolás Maduro Moros es un dictador y, que la cuerda de facinerosos que lo secundan, también.

De pronto, como si les hubiese caído del cielo estrellas de moral y ética, los magistrados reculan y dicen que no, que no pueden usurpar los poderes legislativos. La fiscal general de la república se convierte en vara de rectitud y, de pronto, todo parece que vuelve a un cauce de complicidades en las que todos son parte de esa farsa que se llama Venezuela.

Sí, claro. El problema va mucho más allá. Pasa por la comprensión de eso que se llama ciudadanía, ese poder soberano que se ejerce gracias a los mecanismos de la democracia, a la gracia que otorga el pueblo en las urnas de votación a sus representantes y, que estos, sean responsables de seguir, acompañar y ser parte de eso que se llama país.

Pero, el país no solamente lo hacen los civiles. También ejercen parte de la democracia una de las instituciones a las que los diferentes gobiernos de Venezuela han dedicado especial atención: las fuerzas armadas. Son ellos, con el poder de las estrategias militares, con las juras y ofrendas que le hacen a la bandera y los demás símbolos patrios, los llamados a velar por la continuidad de esa soberanía. Silenciosamente, sin obcecaciones, pero sin dejar de tener visión de futuro y rectitud en sus actos.

Si lo que ha pasado en Venezuela en estos días no es motivo de alarma para las fuerzas armadas bolivarianas, amigo mío, apague la luz y salga a la calle a protestarle a las instituciones civiles y militares, porque de lo contrario, el señor Maduro y su combo serán capaces, como lo han demostrado una y mil veces, de acabar con su paciencia, dejarle pasar hambre y necesidades sanitarias y lo que es peor, seguirán desmantelando al país sin plan de futuro.

Los que están fuera del territorio, las instituciones internacionales, están haciendo lo suyo. Poner en evidencia esas formas violentas que van dejando sin aliento a quienes viven en aquellos 916.445 kilómetros cuadrados. Son esas instituciones, así como los ciudadanos que alguna vez vivieron en Venezuela, los que están buscando los mecanismos de representación y lucha final contra ese fratricidio que comete todos los días el señor Maduro y sus secuaces. Serán esas instituciones las que sienten en el banquillo de la justicia universal a estos cómplices de la corrupción y, al menos, devuelvan la dignidad a un pueblo que lleva dos décadas en las calles exigiendo respeto, consideración y estima.