A mis alumnos y a mis colegas de Semiótica, en esta adiós a Umberto Eco

¿Verlo? No lo hemos visto, ¿verdad, Adso? -dijo Guillermo volviéndose hacia mi con

expresión divertida-. Pero si buscáis a Brunello, el animal sólo puede estar donde yo os

he dicho” (Umberto Eco, El nombre de la Rosa, 1980).

Recuerdo lo abiertos de los ojos de mis alumnos cuando leíamos en voz alta ese divertido paraje en el que Guillermo de Baskerville da pistas al cillerero de la abadía de dónde se encuentra el caballo favorito del Abad. Un descubrimiento del poder de los signos, de la belleza de comprender a la naturaleza humana y su ignorancia ante las evidencias más sencillas. El primer acercamiento a la semiótica.

Se nos ha ido uno de los maestros. El que nadaba en la mitad del Atlántico entre la semiosis de Peirce y las relaciones estructuralistas de Saussure. Aquel que no dejaba de sorprender, aquel que escribía y había que leerlo para seguir al pensamiento que a ratos se acercaba a la posmodernidad y los demás momentos se alejaba a toda prisa de aquella apocalipsis integrándose en el marasmo de una sociedad sin autores, más cercana al anonimato de internet.

Pues se tratan estas simples líneas de recordar a Umberto Eco. Así, sin “H”, mire que quien se la ponga es porque no se leyó los materiales. Eco se nos va cabalgando a lomos de Brunello, argumentado sobre la belleza o la fealdad, buscando las raíces más hondas de nuestro ser como literato, como filósofo y como semiótico.

Se nos fue el que explicó la relación entre signos analógicos y digitales, el que le dio forma a la mera identidad de la apariencia.

“El cillerero vaciló. Miró a Guillermo, después al sendero, y, por último, preguntó:

-¿Brunello? ¿Cómo sabéis … ?

-¡Vamos! -dijo Guillermo-. Es evidente que estáis buscando a Brunello, el caballo

preferido del Abad, el mejor corcel de vuestra cuadra, pelo negro, cinco pies de alzada,

cola elegante, cascos pequeños y redondos pero de galope bastante regular, cabeza

pequeña, orejas finas, ojos grandes. Se ha ido por la derecha, os digo, y, en cualquier

caso, apresuraos” (Umberto Eco, El nombre de la Rosa, 1980).

Pues sí, apresuraos a leer otra vez a Eco. Revisen los apuntes, busquen sus libros que, a pesar de no estar tan de moda como lo estuvieron en la década de los ochenta y noventa, tienen la vigencia de los tiempos, la clarividencia de los ojos que son capaces de leer la naturaleza para darle una explicación a la obvio.