No sé cómo empezar las líneas de hoy. Quiero ser una voz más para aquellos que, fuera de Venezuela, todavía duden de las palabras que emanan de los venezolanos aturdidos por una dictadura en dos partes.

En Venezuela pasa un enmudecimiento colectivo mezclado con el grito por justicia es lo que sale de las gargantas de los venezolanos. El silencio de los medios audiovisuales da buena cuenta del plan de paz que firmaron los dueños de las cadenas de televisión con Maduro. Los periódicos sin papel, apenas tienen para tiradas de 8 páginas. El bloqueo de Twitter deja sin el respiro necesario de la protesta virtual a quienes furiosos apelan por sus aparatos móviles celulares. Las protestas, dignas manifestaciones de los derechos humanos, se han convertido en una carnicería bárbara de heridos y muertos.

La sociedad civil se apega a los estudiantes otra vez, sin darse cuenta que el ejercicio ciudadano que hacen los jóvenes es eso, su madurar político, su participación en las transformaciones del país. No son salvadores ni carne de cañón. Serán ellos los que abanderen y se apoderen de lo que legítimamente puedan, así como David Smolansky que fue líder en 2007 ante el cierre de la señal de RCTV y hoy es el alcalde de El Hatillo.

Está pasando que se deja traslucir la intolerancia que ha gobernado 15 años. Una intolerancia civil que está en toque de queda forzado por el saldo permanente de 3 muertos por hora. Está pasando que la gente tiene hambre de que haya cosas qué comprar, tiene hambre de sentirse parte de un país que sea de todos y no sólo de los colorados.

Pasa también que circulan los vídeos por las redes sociales, las fotos que muestran la agresión, el desabastecimiento, las sentadas en las plazas para mantener la protesta. Pasa que los que están fuera se esfuerzan por darle ánimos a quienes siguen dentro del territorio de lo que un día se llamó Venezuela.

También que se acaba de saber que Maduro no es venezolano por nacimiento como exige la constitución sino colombiano. Pasa que el propio Maduro acusa y señala. Que mandan a encañonar y disparar balas de verdad contra los civiles que andan con banderas y silbatos. En aquella tierra que hoy es salvaje, no se usan pelotas de goma contra los que manifiestan, sino gases lacrimógenos para disuadir y, quien no se quite, se le dispara de verdad, se le hiere, se le mata.

En Venezuela pasa de todo. Hasta los cantantes de fama de turno mandan sus condolencias por las redes sociales, gestos que son repetidos con frenesí mesiánico por aquellos ciudadanos que todavía creen que las palabras son capaces de abofetear al dictador.  Pasa que matan a la gente, la matan y el festín sigue, la regaladera de dinero sigue, los lujos que se dan algunos siguen, los clamores a Dios siguen y el rezo se hace eterno.

 

En Venezuela pasa más de lo mismo. Es una copia al carbón este 2014 al 2007 y al 2002. Son protestas que se quedan en eso, en recuerdos, en experiencias que se suman para que los jóvenes maduren, se hagan ciudadanos, se apropien de las calles y así, sólo así, se potencien como líderes de políticos, como los hacedores de futuro que son desde hace unos días.