Publicado originalmente en “El debate de hoy”

Sin una relación pormenorizada de lo que es Venezuela, poco se puede entender con los retazos informativos diarios. Desde lejos, con la distancia que los medios de comunicación imponen, el caso de Venezuela no luce diferente de cualquier otra latitud donde se sucedan conflictos ciudadanos con la policía y las fuerzas de seguridad del Estado.

Venezuela está gobernada desde 1999 por el mismo grupo político: el chavismo. Esta ideología, arropada bajo el llamado Socialismo del Siglo XXI, se erigió como abanderada del poder con la promesa de luchar contra la corrupción de los partidos que se alternaron en el ejercicio gubernamental desde 1958. Una corrupción política parecida a la que se denuncia diariamente en España, por ejemplo.

El hartazgo de la ciudadanía, sumado a una promesa hecha por Hugo Chávez Frías después de que intentara un golpe de Estado en 1992 contra Carlos Andrés Pérez (depuesto por el Fiscal General de la República en 1993 por delitos de peculado de uso), en la que prometió a la nación combatir eso, la corrupción, lo convirtió en un adalid de la justicia social gracias al apoyo incondicional de los medios que buscaban a un actor ideal para sus primeras páginas.

Luego de que Rafael Caldera, el presidente que sucedió a Pérez tras un breve interinato de Ramón J. Velásquez, indultara a Chávez, el teniente coronel se reunió con Fidel Castro para ser adoctrinado en el mundo de la izquierda radical, en maneras de ser autócrata. Ya con ese bagaje de cultura comunista, con sus propios estudios de política, se subió a un camión de plataforma y recorrió al país incendiando con sus buenas dotes de comunicador al alma de los desamparados, de los desilusionados y, sobre todo, captando el voto de los partidos tradicionales.

Las elecciones de 1998 no fueron sorpresa. Los partidos tradicionales no tenían fuerza con los líderes que mostraron en las papeletas. Una ex miss universo representaba a los social cristianos, un vetusto líder a los socialistas, un empresario subido a un caballo a otro sector del centro derecha. Ninguno de ellos fue capaz de alcanzar el favor popular en las urnas.

Se inicia la revolución bolivariana

Chávez se erige como presidente y en la jura del cargo anuncia lo que será la piedra angular de su revolución: una nueva constitución. Una carta magna que diría, con buena letra y claras intenciones lo que sería su plan económico, social, mediático. Bastaba con leerla con una interpretación de magistrado vinculado al régimen para imaginar lo que sería de Venezuela: un país sin garantía de sus libertades fundamentales. ¿Cómo? Muy sencillo. En la propia constitución se establecen dos nuevos poderes que se suman a los tradicionales legislativo -al que se le quita la bicameralidad-, ejecutivo y judicial. Entran en acción los poderes moral y electoral, con una cabeza visible: la presidencia de la república.

Los artículos se llenan de adjetivos de dudosa comprensión judicial. Asamblea Nacional, nuevo nombre del poder legislativo, se colma de diputados del partido de gobierno. Es fácil entonces gobernar. Mayoría en los poderes ejecutivo y legislativo, el control de los poderes moral y electoral y, por si fuera poco, el poder judicial es fácil de ir reemplazándolo a medida que pasen a jubilación, cosa que Chávez hizo con todo placer.

Era fácil mantener el poder. El petróleo estaba a precios de riqueza faraónica. Dar regalos a manos llenas era la consigna. Los países que se aliaron al presidente Chávez gozaban de esos beneficios. Otros, mandatarios de dudosa reputación se sumaron a la revolución como amigos: Ahmadineyad, Gadafi, Sadam Hussein, Mugabe, además, por supuesto, de los hermanos Castro en Cuba. Los líderes emergentes de Latinoamérica, Morales, Correa, Kirchner, así como los tradicionales Ortega de Nicaragua o las FARC en Colombia, se frotaban las manos de tener de amigo al caribeño.

Las protestas no se hicieron esperar. Los decretos que intervenían diferentes tópicos levantaron la ira de los opositores. Una cadena de conflictos de calle que tuvo su clímax en abril de 2002 con el intento de golpe de Estado por parte de Carmona Estanga.

La credibilidad de la oposición se perdió. Los medios internacionales dieron buena cuenta de ello. La fortaleza del poder chavista quedó revindicada tras el perdón que ofreció con un crucifijo entre las manos.

Los años pasaron, las elecciones se sucedieron dando victorias al chavismo hasta que, en diciembre de 2007, Chávez perdió el referéndum para prolongar su mandato. Ese golpe en el ala, permitió un nuevo respiro a la oposición venezolana. Emergieron otros actores, hubo cierta oxigenación que dio un matiz democrático a aquella supremacía de los votos. Pero, a la vez, se quitó la posibilidad del mote de dictador.

Tampoco hay que olvidar que Chávez desmontó buena parte del aparato productivo sobre la base de las expropiaciones. Empezó despidiendo a la plantilla de Petróleos de Venezuela para luego, hacer un plan de expropiaciones diversas. Nunca con el fin de mejorar su productividad, sino al contrario, de despojar a empresarios y trabajadores de su sustento. Una forma de crear corrupción, una más de las muchas que tiene el chavismo, entre ellas, el tráfico de drogas.

Pasan más años, enferma Chávez, se celebran elecciones en 2012 y nuevamente gana, a pesar de que sus fuerzas estaban mermadas. Antes de morir, designa a su sucesor por televisión. El abanderado de seguir sus pasos es el actual presidente, Nicolás Maduro.

La era Maduro

Si Chávez tuvo el favor de unos precios del petróleo impresionantes, Maduro no corrió con la misma suerte. Mermadas las entradas de recursos y sabiendo que las dádivas a la población era la principal forma de mantener el ánimo de los seguidores en alto, los recortes se fueron sucediendo.

La importación de alimentos y medicinas empezó a sentirse en los anaqueles de los comercios. Colas, inmensas colas llenaron el paisaje de las ciudades. Todas ellas, sin excepción. La desesperanza corre por las calles. Sumada esta situación de inanición a la de inseguridad, la sensación de vacío en la ciudadanía empezó a crecer y con ella los desafectos al régimen de Maduro.

La institucionalidad se dividió en dos bloques. Por una parte, la Asamblea Nacional anteriormente favorable a Chávez, se hizo opositora después de las elecciones de diciembre de 2015. La oposición por primera vez ocupaba un ámbito uno de los poderes desde 1998. Un foro necesario para la denuncia de las condiciones a las que se había llegado en Venezuela en tan largo período de sucesivos desmanes contra parte del pueblo, aquel que no lucía las rojas camisetas.

Para paliar la situación de desabastecimiento hacia el pueblo chavista, Maduro se inventó un recurso de distribución de alimentos: los CLAP (Comité Local de Abastecimiento y Producción). A la mejor manera de los soviets o de las cartillas de racionamiento cubanas, los CLAP entregan alimentos a aquellos que manifiesten y demuestren su apego al régimen. Una forma más de exclusión de los opositores a la más elemental de las necesidades: la alimentación.

El descontento se exacerbó. Empezaron nuevamente las protestas, la gente decidió tomar nuevamente las calles para exigir la salida del presidente. Los esfuerzos de la comunidad internacional por la existencia de un diálogo entre la oposición (bastante atomizada y representada por diferentes líderes) fueron infructuosos.

El presidente decidió que el Tribunal Superior de Justicia adoptase medidas similares a las de la Asamblea Nacional, aún y con la advertencia de la Fiscal General de la República por los excesos que suponía esa medida.

Los diputados de la oposición se levantaron de sus curules y, sí llamaron al pueblo a la defensa de sus instituciones políticas. Se acusó a Maduro de hacerse un autogolpe al estilo de Fujimori. Las instituciones internacionales levantaron la mirada hacia Venezuela, una vez más, sugieren un diálogo inmediato entre los diferentes actores políticos.

Mientras tanto, entre tanta confusión política, con la economía sumergida en deudas, el ámbito social encendido, Maduro decide armar a un millón de milicianos para incrementar el número de armas en la calle y, por supuesto, las posibilidades de una explosión social en la que saldrán las armas que están en manos del pueblo, las muchas armas compradas a lo largo de estos años para disparar a todo aquel que se atreva a cruzar el umbral de una puerta.

El panorama no es nada halagüeño. Al contrario, es un terreno para que cualquier cosa pueda ocurrir. Cualquiera.

Eso pasa en Venezuela.