La protesta cívica de la oposición venezolana que reclama la liberación –o por lo menos el enjuiciamiento adecuado- de los presos políticos, el rechazo permanente a representantes de la comunidad internacional a tratar el mismo tema, el empecinado criterio de Maduro sobre los políticos de la oposición, terminaron de enervar a la esposa de Leopoldo López, Lilian Tintori.

Le espetó, “no hace nada”, y es verdad. Ha dejado que la fama de Chávez se le acomode, le referencia cada vez que puede como si de un padre se tratara y, para más males, ha dejado que el país que se estaba cayendo a trozos con el comandante, se terminara de desboronar con el chófer.

No hace nada. Maduro no hace nada.

No le sirvió de nada el haber sido ministro de relaciones exteriores, ni el roce con los muchos comensales que trató. Al contrario, hicieron férreo el criterio de dirigente sindical arropado por el populismo y las formas dictatoriales. Se aleja a pasos agigantados de la democracia, del diálogo y de la sensibilidad que se supone debe tener todo líder político frente al pueblo que le eligió.

No hace nada porque por lo visto no sabe cómo hacerlo. Y si no lo hace por omisión, es peor su culpa. Una responsabilidad que le traerá como resultado la persecución de la justicia universal, esa a la que él mismo rechaza dentro de las fronteras de la cárcel enorme en la que ha convertido a Venezuela.

Chávez lo empezó expropiando y dejando que las empresas muriesen de merma al quitarlas de aparato productivo. Acciones propias del Estado interventor que cree que por Estado tiene la voz cantante y resuelto todo lo que significa la producción de un país. Peor lo está haciendo Maduro, mucho peor, al no tratar de empujar lo que queda de país hacia el progreso, dar un golpe de timón y emprender acciones que busquen que la economía salga adelante, lleve a la creación de empleo gracias a la confianza que pudieran tener los inversores.

Al contrario, como no hace nada, como no sabe qué hacer, salen por los aeropuertos oleadas de jóvenes buscando algo, al menos libertad, para tratar de forjarse un futuro. Las familias se han dividido, los países han perdido el respeto a la otrora más antigua democracia de Suramérica.

Los líderes que hoy buscan hacer propuestas para Venezuela, los que sí tienen un plan, los que tienen las ideas frescas, esos están tras las rejas o con las vidas señaladas, perseguidas, arrojados al ostracismo que la rabia de quienes no saben, expulsan por sus bocas y acciones diarias.

Diálogo recomendó Felipe González. Mucho diálogo y la pregunta es cómo. Cómo se inicia si los discursos están encendidos, si las gargantas están inflamadas de gritar y en consecuencia, alejarse cada vez más.

No hay mesas que puedan resolver este entuerto. No hay sillas que puedan resistir el peso de esa ira de más de tres lustros si no hay un momento de apertura, de sinceridad, de humildad y reconocimiento del otro, del que está del otro lado, de verlo, observar que sufre hambre, que tiene necesidades, que también padece país, requiere patria y no recibe otra cosa que escaldadas.