José Mourinho, en su carácter de vocero del Real Madrid, nos ha dejado una lección de comunicación institucional diferente. Creó un ambiente bélico al enfrentarse a Pep Guardiola días antes en una batalla de palabras que el catalán le contestó con altisonancia, tal y como el portugués le había increpado. La prensa y los lectores de los diarios se volcaron a favor de Mou. Tiene más temple para esas batallas de micrófono, entiende el fútbol como un espacio de más de 90 minutos y sudores, mucho más allá de los goles.

Finalmente llegó el 27 de abril. La hora del partido. Ahora la copa es otra. Ayer el Rey. La batalla es por la grande, la Champions, la copa que veneran los entrenadores, esa que cada uno de ellos ostenta y que esperan con ansia los hinchas tras sus banderas ondeantes. El premio mayor, la marca de fábrica de un estratega, el logro comunicativo llevado de las botas a los balones y a las metas.

Un resultado complejo de un partido que da para mucho hablar, pero como no soy periodista deportivo, prefiero seguir en mis rediles, los de la comunicación institucional y política. Mou, echado en la silla, con gesto de niño regañado, sin comprender el regaño, con la voz audible a ratos y otras con manejos del micrófono con sonoridad, dejó ver que su derrota en el Bernabeu no era el triunfo del Barça, sino que su oportunidad para lucir sus galones de entrenador estaba frente al madrilismo que clamaba por qués debajo de sus camisetas.

Una larga lista de por qués con los brazos caídos, son la camisa ajada, con el pelo especialmente despeinado, con la cara desencajada, hizo deslucir a Guardiola y sus dos goles. Una lista de “yonofuies” que dejó en manos del arbitraje, de las estratagemas del enemigo azul-grana, que lo excusa de responsabilidades en caso de perder el partido del próximo martes 3 de mayo.

Si la estrategia defensiva en el campo del Bernabeu no le funcionó, la reacción “malcriada” en la rueda de prensa, esa que han destacado todos los medios de comunicación porque hasta con Unicef se metió, le dio los aires de inspiración y expiración rápida y entrecortada al madrilismo para no dejarse ganar, al menos, en el ánimo.