Originalmente publicada en El Debate de Hoy

La ciudadanía opositora venezolana se pregunta cómo es posible que desde el extranjero no se vean llegar helicópteros que rescaten a la población. Es una añoranza de muchos, un clamor que, de ser rezo nocturno se convierte en imaginario colectivo.

El caso es que instituciones que levanten la voz contra el gobierno de Nicolás Maduro, hay muchas y, entre ellas la Iglesia Católica Venezolana. Los curas, como se les dice en el país tropical, se han ocupado de mantener el alto la dignidad de las personas desde el momento en que Chávez quiso meterse contra los colegios católicos. Desde entonces, la Conferencia Episcopal Venezolana no ha cesado en su defensa por los derechos de los ciudadanos venezolanos. Hoy, su llamado es sobre el hambre del pueblo, esa hambre que se manifiesta más allá de la falta de comida, un hambre de democracia y libertad.

El diario español ABC dedicó un par de páginas al pensamiento del actual presidente de la CEV monseñor Diego Padrón, arzobispo de Cumaná, en esa condición de defensor de la libertad y de la democracia. En esa entrevista monseñor Padrón señaló que los venezolanos no necesitan una nueva constitución, sino el respeto de la actual y, más allá de ese respeto institucional, lo que necesitan los venezolanos es comida, medicinas y, elecciones.

La última de las palabras, elecciones, es de alguna manera incendiaria. Una manera de hacer ver que los prelados de la Iglesia no están en consonancia con la postura pugnaz del gobierno. Un llamado de atención a aquellos desmanes que se viven en las calles, a los disparos inmisericordes contra los jóvenes. En sus palabras monseñor destaca que las necesidades del pueblo saltan a la vista con las colas que no se terminan, con las enfermedades de todos compartidas en dosis mínimas de medicamentos cuando los hay, pero la verdadera necesidad, la que llevaría a un rumbo diferente en el plano institucional, a esa paz cívica anhelada por todas las partes en conflicto, son las elecciones.

Monseñor Padrón lo deja muy claro en sus palabras: es necesario un canal humanitario. Un espacio que permita alimentar al pueblo que hurga en la basura para tratar de comer y procurar disminuir la flagrante desnutrición infantil. Una dotación suficiente de medicinas que devuelvan algo de la salud perdida. Es tan poco lo que se pide, y a la vez, es tanto para el futuro de millones de ciudadanos.

Si hay algo que tiene claridad en el pensamiento de los obispos venezolanos es que las leyes actuales no son cumplidas por el gobierno y que, ese afán de cambiarlas es un elemento más para subrayar el carácter dictatorial del gobierno de Maduro.

Por su parte, la posición del Vaticano pareciera mucho más esquiva. Nada que ver. La estrategia es clara. Buscar que las fuerzas que están en choque no sean diferentes, sino que, al contrario, se igualen en una mesa para el diálogo, aunque esa postura no guste a los opositores. ¿Por qué esa resistencia al diálogo? Porque las pruebas de que el régimen de Maduro no busca la paz se viven en las calles todos los días. Y allí está la ira del pueblo opositor hacia el Vaticano. Se hacen preguntas, se especula sobre la posición del papado. ¿Sera que el Papa está con el gobierno? ¿Por qué no tiene la misma contundencia de sus hermanos jesuitas en Venezuela? ¿Por qué sus palabras no se parecen a los de los obispos?

La posición del Vaticano es diferente porque se trata de una relación bilateral entre dos Estados. El Estado venezolano y el Estado Vaticano. Las normas diplomáticas impiden ir más allá de lo establecido en aquello que se entiende como las buenas formas entre soberanías. La posición del Papa Francisco es la que puede tener. Poner la mesa para el diálogo. Servir de mediador. Hacer que su Estado Vaticano funja de árbitro de esa pugna permanente entre oposición y gobierno, entre fuerzas del poder armado contra el pueblo que se cubre con escudos de madera.

Así, la posición de la Conferencia Episcopal Venezolana luce estar más cerca en términos pastorales con el pueblo, todo el pueblo que padece hambre y está enfermo. No deja traslucir posiciones políticas, más allá del respeto institucional y de la solicitud de elecciones. Todo dentro del marco de la Constitución. Desde una cola frente a un mercado, parece que la CEV y el Vaticano están divorciadas. Nada más lejos de la realidad. Los unos, cercanos al pueblo que velan por sus necesidades, claman por justicia y democracia. Los otros, desde la antigua Roma, llaman al diálogo necesario para buscar una vía democrática que llene las expectativas de las dos partes: oposición y oficialismo.

El caso está en que son los prelados venezolanos los que van llevando la batuta en la guía pastoral de los hambrientos y necesitados. Al estar cerca de las necesidades del pueblo, los hombres y mujeres de la Iglesia Católica Venezolana saben, buscan y defienden el valor de la libertad, de la democracia y, sobre todo, del bienestar que significa estar alimentados y sanos. Si nada de eso está en la ecuación diaria, muy poca labor pastoral se puede hacer.

Por su parte, el Vaticano busca el equilibro de las fuerzas. El espacio para un ejercicio soberano de paz dentro de la que el derecho y la justicia sean el norte que permita una vida en comunidad.

Las posiciones de la Iglesia con Venezuela: ¿Aparentemente enfrentadas? No, tienen en común la búsqueda de la paz, de la igualdad ciudadana y del respeto de las libertades y la democracia.