El chavismo, como movimiento de izquierda revolucionaria ¿bolivariana?, se ha caracterizado ideológicamente –y prácticamente- por el populismo. Un modo de actuar frente al pueblo que tiene como norte la dádiva en lugar del fomento del trabajo, la expropiación en lugar del fomento empresarial.

Este modelo instalado desde hace más de tres lustros ha dado sus frutos. Poderosas razones para desplazar de la gestión política, social, económica, cultural, sanitaria, deportiva, educativa a esta gente que, en su afán por idealizar la figura del comandante, también se han compinchado para dejar las arcas públicas vacías.

En consecuencia, el modelo no ha sabido sostenerse, no ha podido con los desmadres de esa ideología que, por trasnochada e ineficaz, tiene a 28 millones de personas sin agua y sin electricidad. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que con semejantes recursos hídricos no se tenga para mover las turbinas de Guri, Caruache o Macagua? O por añadidura, las centrales termoeléctricas de Planta Centro, Anaco o Punto Fijo, ¿por qué no funcionan si hay tanto petróleo bajo el subsuelo?

Las respuestas están en la desinversión que ha hecho el chavismo. Las infraestructuras de generación eléctrica necesitan, en el caso de las hidroeléctricas, el cuido profundo de las cabeceras de los ríos, velar porque el abastecimiento de los embalses se mantenga a lo largo del año y, en particular, entre los meses de mayo y octubre (temporada de lluvias) para satisfacer la demanda tanto de agua como de electricidad.

Con las termoeléctricas, el mantenimiento de las calderas para la generación de electricidad, el flujo constante de carburantes para su alimentación y, lo que es más importante, la relación directa entre la producción de esos hidrocarburos para su uso en las plantas de energía. ¿Recuerdan la Orimulsión? Bueno, fue el propio chavismo el que determinó que no se produjera más desde 2004 lo que dejó a estas plantas termoeléctricas sin uno de sus principales carburantes (para lo que se habían preparado y adecuado los quemadores de esas calderas años atrás).

En consecuencia, la gestión pública de los recursos más elementales para la vida contemporánea, agua y luz, son desde hace años uno de los problemas más acuciantes del modelo económico chavista. Una manera de excusarse, de mantener el pueblo ocupado en recoger algo de agua en sus casas, de proponer desde la presidencia del país modos de ducha, cuido capilar (conminar a las mujeres a no usar el secador de pelo), bajar la cantidad de horas de atención pública mandando a los empleados públicos a sus casas los días viernes para bajar el consumo eléctrico, de tener las lavadoras cargadas para cuando toque el suministro eléctrico y de agua en las casas para lavar, al menos una carga. Imagine usted si tiene una pequeña fábrica en la que el agua y la luz sean elementales: una panadería, por ejemplo.

Es, sin duda, una forma de supervivencia muy perentoria. Básicos modelos de satisfacción a la población. Alegrías breves de tenencia de agua o de luz. El arranque del motor de la nevera se convierte en música celestial en las casas que permite, al menos por unas horas, mantener frescos los pocos alimentos que se consiguen en los mercados e ir de prisa a las duchas para enjuagar los cuerpos, llenar ollas y cuencos y esperar, con un buen cargamento de velas y fósforos, al próximo suministro. Eso es el chavismo: mantener las guerras del hambre.