Ya no hay casi nada qué decir que no se sepa de la problemática venezolana. Censura vía sentencia del Tribunal Superior de Justicia, hambre, agresiones a diputados, problemas de salud, falta de servicios públicos, en síntesis, la merma de un país yermo.

La mirada internacional se hace eco irrefrenable en los medios de los asuntos que ocurren en aquellas fronteras caribeñas. Una especie de paliativo que completa las agendas mediáticas a modo de conseja para ciudadanos ilusionados con el populismo bajo la fórmula de “te lo estoy diciendo”, “mira lo que podría pasar si sigues…”. Una retahíla que se repite en los titulares de prensa.

No se trata, el caso de Venezuela, de medios y mediaciones, sino de acciones políticas de fondo como la que emprendió la Euro cámara del Parlamento Europeo al exigir al gobierno de Nicolás Maduro la liberación de los presos políticos. Se trata de la movilización ciudadana para la colecta de medicamentos que ingresen a Venezuela para tratar de otorgar un mínimo de salud a algunos enfermos que, consumidos por sus dolencias, buscan entre las farmacias las cajitas y pastillas que remedien sus vidas.

Se trata de que una población está marcada por los CLAP, comités de entrega de alimentos, que harán de las suyas con aquellos poco afectos al rojo del gobierno, o algún facineroso de turno que quiera mantener la hambruna de cualquier familia por una paja en el hombro.

Se trata de que los políticos de la oposición, y la misma oposición, dejen de pensar en sus apetencias personales de poder, den un golpe en la mesa, actúen con responsabilidad cívica y emprendan, de una vez por todas, la batalla final por la victoria revocatoria, propongan un plan de emergencia nacional, den una lección al mundo de los muchos contactos creados para hacer lobby internacional y, con todo ello, logren la inyección de recursos para: 1) atacar el hambre inmediata; 2) saciar las necesidades sanitarias perentorias; 3) se haga un plan de inversión que reinyecte poder de producción a las empresas cerradas después de las expropiaciones; 4) se sanee las finanzas públicas luego de un proceso de auditoría que devuelva el dinero sustraído vía corrupción; 5) el enjuiciamiento de aquellos personeros que, de un modo otro, se enriquecieron, persiguieron y enjuiciaron sin el debido proceso; 6) se emprenda una política pública de comunicación que propenda a la paz ciudadana y a la inclusión de todos los ciudadanos en el proyecto de país; 7) se emprendan las modificaciones legales necesarias para desmontar el sistema institucional chavista dependiente de la presidencia de la República.

Esa receta, si bien es un atrevimiento de este escritor, es la base de la comunicación política de la oposición. De toda la oposición. No cabe, como se puede colegir, que sea la bandera de uno u otro. Se trata de que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) adopte un papel protagónico como la bisagra entre el país anhelado y la realidad de país. Se trata de que los linchamientos que se producen a diario sean señalados como la parte de esa sociedad que no se quiere.

La tarea que viene es enorme. No se gana esta guerra intestina con solo el referéndum revocatorio. Nada que ver. Al día siguiente de las votaciones, con la victoria empuñada y llenos los corazones de emoción, no habrá comida en los anaqueles, ni agua en los grifos. Se trata de la compresión, el apoyo y la gestión de todos. Una construcción de un país nuevo, esperanzado e ilusionado, en el que los políticos sean servidores públicos y no el centro de la atracción como si de estrellas de cine Hollywoodense se tratase.