No ha quedado duda de la clase de dictadura que se vive en Venezuela. Los medios de comunicación audiovisuales lo retrataron bien con la sentencia a Leopoldo López y, los medios impresos, por su propia condición, tuvieron que esperar a que sus rotativas imprimieran la noticia en primera plana con el café del sábado.

No cabe duda de la valentía de López. No cabe duda de la entereza de Lilian Tintori su mujer, ni tampoco de los padres del líder opositor. No hay espacio que no sea ocupado por el dolor que significan 13 años y 9 meses de prisión. Los mensajes de las redes han sacado la cuenta: cuando Leopoldo salga de la cárcel, su hija Manuela tendrá 19 años.

Y es que no se trata de un delincuente como los muchos que pululan por las calles de Venezuela asesinando a un ciudadano cada 45 minutos. No. Se trata de un político que está preso por eso, por ser político, por ejercer la diferencia, por proponer otra visión de país.

Las diferencias entre los varios liderazgos opositores se han quedado en meras formalidades. Hoy la Venezuela que se opone al oprobio de la dictadura de Nicolás Maduro se llama Leopoldo López.

Una dictadura que no deja fisuras en su acción aniquilante de la libertad, la independencia y lo que de alguna manera se conoce como democracia. En las noches de Maduro deben aparecerse las cadenas de su conciencia tal y como las veía Scrush en aquella Navidad de Dickens. Pesadillas persecutorias que resuelve encarcelando, vejando, horrorizando la otrora tranquilidad tropical.

Y es que a Maduro se le notan las costuras. No sabe gobernar y por ello, se inventa fantasmas con la misma facilidad con que Dickens le creó las más espantosas visiones al viejo tacaño. Cierra la frontera, encarcela a los líderes que le son incómodos, tiene pasando hambre a la población y dice que son los distribuidores, se endeuda una vez más con China, mantiene el discurso de odio y el rencor para que la escisión de los venezolanos no sea solamente cosmética, sino un abismo insalvable en varias generaciones.

La constitución de la república bolivariana de Venezuela dice, al igual que muchas otras, que los poderes son independientes –los cinco que se esgrimen en ese texto–, pero si se habla de justicia, del poder judicial, ese está limpiándole las botas al mandatario del bigote. La jueza Susana Barrientos es, a todas luces, una lacaya del régimen. Parte de los bufones de la corte faraónica que rinde culto y pleitesía a Nicolás Maduro y a Diosdado Cabello.

El juicio, sin demostración de pruebas, amañado y afectado por una decisión tomada en el Palacio de Miraflores, deja con los calzones abajo a un país que, sin instituciones políticas que se hagan respetar queda en evidencia, señalado y cuestionado por inmoral.