No dejar de lado los desmanes de la dictadura de Nicolás Maduro es un absurdo. Tratar de voltear hacia otro lado es dejar que se salpique la espalda.

Maduro, ignorante como es, habla por televisión como lo hacía su mentor Chávez, es decir, sin control. Como si de un orador cualificado se tratara, despotrica de todo el que se le ocurre creando una nueva historia universal: la guerra fría de 1715.

Desconoce de esa manera lo que él está haciendo en la frontera con Colombia. Hace creer que domina la situación, se plantea enemistades con el expresidente colombiano Álvaro Uribe y, lo que es peor, se cierra en banda con el principal suplidor de alimentos lácteos de Venezuela: Colombia.

Las pendejadas de Maduro no tienen nombre. Habla, descalifica, inventa una historia paralela, para cada vez más alejarse de la realidad que le estalla todos los días a la hora del desayuno: la gente está harta de su mandato. Ya no le quieren, ni siquiera el pajarito que con su canto le daba pistas de cómo gobernar.

Se ha convertido la frontera colombo-venezolana en otro espacio planetario de deportaciones de exilios forzados por las circunstancias, de recoger los pocos enceres domésticos para quedarse con lo mucho: la vida y la dignidad.

Una dignidad que sale todos los días por el aeropuerto de Maiquetía, cuando con dos maletas se viaja sin certeza hacia un horizonte donde al menos haya algo qué comprar y se pueda transitar por las calles sin temor a ser asesinado por la tenencia de un teléfono móvil.

La guerra fría de 1715 creada por el historiador Nicolás Maduro será materia de estudio en los colegios del chavismo. Será ocasión propicia para la reflexión y dejar de lado lo que ocurre en 2015. Un salto al vacío de 300 años. Pero, la cosa es peor de lo que plantea la sabiduría del libro de Maduro: en 1715 no pasaba mayor cosa. La Capitanía General de Venezuela era, para ese entonces, parte del Reino de España y, para más, ni siquiera se tenía universidad en el territorio. La crea el Rey Felipe V, con el nombre de Pontificia Universidad de Caracas, en 1721.

Si es verdad que hubo una guerra en Europa por esas fechas que termina un año antes con el tratado de Utrech. Se acababa el reinado de los Habsburgo y lo sucedían los Borbones. Pero eso no salpicó al clima tropical de Venezuela, ni afectó demasiado a los que habitaban a 7000 kilómetros al otro lado del Atlántico. Tal vez, entre las clases que recibían prensa desde la península, ocuparía alguna tarde bajo la sombra de un caobo con una taza de café. Pero poco más.

La ignorancia es campante. La violencia es atroz. La arrogancia propia de un dictador. Mientras tanto la gente hace colas larguísimas para tener algo que llevar a la mesa, teme por sus vidas, reza por tener esa noche a todos en casa y que nadie con malas intenciones trate de entrar durante el sueño. Otros, con lo poco puesto, atraviesan la frontera entre Venezuela y Colombia para quedarse del lado en que se está más seguro: Colombia.

Inventarse una guerra en la historia para descalificar al expresidente Uribe es poco menos que cobarde.