A Nicolás Maduro le dieron un baño de ruido. Una cacerolada de esas memorables, una cucharada de sonoridad en el hueco espacio de una olla vacía, tal y como los estómagos de los venezolanos que claman por eso, por poder llenar las pailas para dar de comer a sus familias.

La realidad no quedó impune, ni es una anécdota. La pluripresencia de los Smartphones dejó registrado el momento en el que el dictador paseaba -muy orondo- por las calles de la Isla de Margarita, creyendo que con su presencia obtendría el cálido abrigo de las camisetas rojas, cuando lo que recibió fue un reflejo de la realidad.

Por otro lado, desde el jueves 1 de septiembre recibe muestras de rechazo. En Caracas, más de un millón de ciudadanos -viniendo de todos los confines de Venezuela- le demostraron que el ánimo de referéndum es mayor que las bravuconadas que vocifera por televisión, y mucho más que ese golpe de Estado supuesto que esgrimió la ministra de comunicaciones más tarde.

La marcha oficialista tuvo que ser maquillada. No llamaban la atención, no concentraron a casi nadie en comparación con el río de gente que surcaba las autopistas de la capital venezolana. Y, lo que más le debe haber dejado perplejo, es que la macha terminó a la hora acordada: las 14:00. Ni un minuto más, ni uno menos. El objetivo de la marcha, pedir la aprobación del referéndum revocatorio, se cumplió. Le corresponde al gobierno y al Consejo Nacional Electoral convocar el referéndum.

¿Cuál es el miedo de Maduro? Quedar en evidencia. Quedarle mal a los hermanos Castro, mancillar la herencia de Chávez -tan pluripresente con su mirada de enemigo convertido en grafiti- y que se sabe no le ha cumplido la promesa, y sobre todo, que quede todo el aparato de corrupción chavista en manos de la justicia.  Ese es el verdadero temor de Maduro, que se vea que ese cacareado amor a la patria, al pueblo de Bolívar, al chavismo que ofreció combatir la corrupción, no es otra cosa que el mismo significado de la palabra corrupto.

Las ciudades se suceden en protestas. Los países del mundo son testigos de las banderas tricolores surcadas por estrellas. Unas primero, otras después. Las embajadas y consulados de Venezuela observan el clamor del pueblo: referéndum revocatorio. Elecciones para tomar las riendas de los destinos del país.

Maduro está enfrentado a la realidad, una realidad que lo lincha, lo aniquila y lo aplasta.