Venezuela llegó al punto de no retorno. No hay salida electoral, los adecos se alejan de las estrategias de la Mesa de la Unidad Democrática, la propia mesa no sabe hacia dónde debe ir, el gobierno ha hecho lo necesario para mantenerse en el poder: crear una Asamblea Nacional Constituyente, llamar a elecciones de gobernadores y, por si fuera poco, tener hambreados a los ciudadanos.

De nada sirvió los llamados al voto. De nada sirven las elecciones. De nada sirve hacer presión en las calles, ni los muertos por la violencia de los esbirros del chavismo. Se ha llegado al punto de no retorno, sin posibilidades democráticas, sin salidas airosas por la vía del reconocimiento de dos partes. Venezuela está escindida en dos partes. Ni de buenos, ni de malos, en dos partes que se acomodan al poder, que buscan fagocitarse al dinero de las arcas del Estado. Acción Democrática y Henry Ramos Allup la han vuelto a hacer. En 2005, entregaron al país al chavismo. Hoy se bajan los pantalones ante el chavismo y se entregan ellos mismos al poder chavista. Una vergüenza a la memoria de quienes forjaron la democracia desde las trincheras de la resistencia.

La gente no sabe qué pensar. No sabe si lo que pasa es bueno para el futuro o es más del presente que se extiende como aceite sobre el agua. No saben qué pensar sobre los políticos y sus maniobras. Han estado al lado de ellos, han sacrificado sus vidas, han estado en las calles, se han aguantado bombas lacrimógenas soñando en un país que no es posible y cuya salida solo es un conflicto armado.

Entre tanta desolación, tanto desamparo, está el hambre. Un hambre estructural, que deja la comida a los hijos, la poca que hay, con aquella sensación de que alguno, al menos los menores, se salvarán de esa barbarie. Lo que está instalado es el conflicto, lo bélico, aquello que no sabemos cómo terminará pero que tiene un nombre que se pluraliza con cada accionar de los gatillos: bala, balas.

Debiésemos estar celebrando la democracia. El acudir a las urnas con el fervor de la primera vez y, no es así. Nos preocupa poco la dignidad cuando los adecos se entregan a una jura de cargos frente a los oprobiosos. Cuando las propias urnas estuvieron clamando por más de dos millones de almas que las llenaran con el entusiasmo necesario para callar la boca del mandante de los insultos, el artífice de la falta de respeto, el maestro de la denigración.

Debiésemos celebrar la existencia de partidos políticos y pluralidad de pensamiento ideológico, porque los hay, porque está, pero no podemos porque la unidad se llenó de la tristeza, quedó marcada por las lágrimas de las bombas y no supo encontrarse tras las nubes de humo. El poder de la justicia acomodada supo disgregar a los marchantes, a los cautos protestantes de las concentraciones vociferantes que pedían a voz en cuello que saliera Maduro.

Atrás se quedó todo. Como quien llena un álbum de cromos y una vez completo, con todas sus barajitas pegadas sobre las páginas arrugadas del engrudo, se guarda en el cajón de los recuerdos para no salir de allí jamás.

Queda la angustia. Esa que se refleja en los WhatsApp que claman por un medicamento, una nevera. Que sepan dar noticias de dónde poder comprar algún alimento. Queda la rabia de las pacas de billetes para poder completar los miles (no olvidemos que son millones) de bolívares que vale cada rubro.

Queda la indecencia de los políticos, las promesas vacías, como esas novias abandonadas días antes de subir al altar. Queda la indignación sin poder expresarla porque no hay dónde. Queda el estupor y las ganas de levantarse otra vez, aunque el vestido esté roto y las rodillas sangren. Quedan las lágrimas enjugadas con la tierra de las manos, esas lágrimas que dejan un rastro oscuro sobre las mejillas y que son pura valentía.

Queda un país roto, sin retorno, esperando el grito de algún valiente de cara sucia, una llamada a tomar en propias manos el destino abierto, de final indeterminado, pero al menos, quedará la lucha y las ganas de cambio.

Este escritor llamó a las urnas. Lo hizo con la pasión de quien escribe por primera vez. Pensando en el poder de la democracia, convencido de que las armas de la democracia son más fuertes que los desmanes de la dictadura. Este escritor se equivocó, como tantos otros. Nos equivocamos porque no queda nada, ni siquiera dignidad. No queda nada. Nada.