Un caso que ocupa a los medios de comunicación, y por supuesto a la opinión pública internacional, son las consecuencias de las decisiones políticas y militares en torno a Siria. El gobierno de Al Asad, producto de la primavera árabe, se ha caracterizado por una dureza que, entre otras cosas ha derivado en una guerra civil entre los aliados al gobierno de Damasco y el autodenominado Estado Islámico.

El problema se agudiza en las calles. Cuatro años de lucha armada han provocado una desbandada de la población civil que, buscando mejoras a su calidad de vida absolutamente mermada, buscan nuevos horizontes en otras fronteras. No es hasta que el exilio adopta dimensiones inmanejables que occidente emprende medidas de emergencia y es bajo esta situación de los líderes de dos de las potencias planetarias se enfrentan –con sus intereses muy bien medidos- a la coyuntura. Armas para procurar la paz podría ser el titular de estas líneas, pero más bien son la base para una reflexión.

Putin y Obama se encontraron caballerosa y diplomáticamente en Nueva York en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas. El primero, defensor de la causa de Al Asad, pareciera que usa esa alianza para ocultar sus decisiones con respecto a Crimea. El segundo, bajo el ala norteamericana ve las condiciones como propicias para aniquilar al gobierno del persa y buscar, lo antes posible, una salida democrática por medio de las urnas (una copia al carbón de las acciones de Bush con Afganistán).

Mientras tanto, la población coge sus cosas, las que le quepan entre las manos y busca refugio, pasa bajo alambres de espinos, sortea fronteras con sus familias, pretende penosamente ser reconocido como ciudadano del mundo y que, como a todos, le sean respetados sus derechos humanos.

Nada nuevo, pero sí más complejo. Mucho. Los países del norte de Europa son el objetivo. Querer llegar hasta Alemania y los países escandinavos es la meta. Semanas a pie pretenden tener un futuro más apegado a la tecnología y al protestantismo que las prácticas radicales musulmanas.

El caso es que no se entiende. Lo que está pasando se escapa de cualquier comprensión televisada. La comunicación política, contextualizada y actualizada se hace imperiosa en las tertulias de los medios radioeléctricos. No cabe la reiteración y repetición de los analistas sesudos de los grandes medios internacionales. El consultor político en su capacidad profesional es clamado por la teleaudiencia como un paladín de la justicia para la comprensión del espacio semiótico que se teje del otro lado del sofá.

Será el comunicador político el que, con todas las variables sobre la mesa, dibujará con lápiz fino la coyuntura, explicará las posibles salidas, velará porque nada se quede fuera y aplicará, al menos desde su papel de comunicador, un correctivo comunicacional que parche la inquietud de quienes impávidos e inmóviles contemplen la pantalla de un televisor.

O, por el contrario, será el que defina las líneas maestras del discurso de quienes tomarán las decisiones y, con esos textos, poder construir las noticias que más tarde, a la hora del telediario, serán transmitidas junto a las imágenes más cruentas.