Tal vez al lector le parecerá extraño que inicie con una breve clase de semiótica, mas la considero necesaria de cara a la comprensión del texto que les propongo para la reflexión. Charles Sanders Peirce creó un sistema (semiótico) en el que se explica la relación entre el icono (una imagen que refleja directamente lo que es, ejemplo una foto de un señor cualquiera), un índice (la relación de un elemento que reseña o refleja un comportamiento o algo que debe ser indicado – una veleta) y un símbolo (que se resume en tres opciones: un pronombre, una proposición o, en el mejor de los casos, la creación de un argumento).

El caso es que el paso de un icono a un símbolo es una relación entre un elemento que representa a otro y la necesaria vinculación de esa representación con aquello que es propio de otra cosa intangible, pero que permite un fluir adecuado de una conversación.

Cuando se observa con detalle semiótico que los gobernantes suprimen iconos del ámbito ciudadano, podría parecer que se trata de simples decisiones que poco afectan el acontecer diario. Pero, la relación de lo icónico con lo simbólico y de allí al argumento, donde se implican las ideologías y sus formas discursivas, es un simple paso que puede generar semiosis, es decir, decantar adecuadamente en la mente de los ciudadanos y, producir transformaciones irreparables en el breve plazo.

Así, si se suprime un retrato porque una persona considera que sobra o no hace función alguna, podría parecer que esa acción es una resolución cosmética, pero a la postre termina siendo una estrategia de sustitución de identidades institucionales o corporativas.

Vamos a ver por ejemplo, casos de fusiones corporativas. Se suprimen los elementos de identidad gráfica de la empresa que ha sido fusionada con una mayor. Al eliminar, digamos, su logotipo desaparece del imaginario colectivo esa identidad y se da paso a una nueva o la que sea la dominante será la que triunfe en los mercados. Esto desde el punto de vista corporativo no pareciera ir a mayores, salvo las lamentables pérdidas que en materia de recursos humanos suelen dejarse atrás.

En el caso político, la situación es mucho peor. Se suprimen elementos de identidad nacional o local en beneficio de gobernantes temporales que, a la larga, determinan formas y procesos que no se recuperan. Un ejemplo es el cambio de nombre de la República de Venezuela por República Bolivariana de Venezuela, o la inclusión de una octava estrella en la bandera, o el giro de la cabeza del caballo. Son, de un primer vistazo, cambios icónicos. Pero, si se observan con detalle, se han convertido en nuevos símbolos, en el argumento necesario para el desplazamiento de una historia y la conformación de otra sobre una base ideológica, no de un gentilicio o de identidad nacional plural o producto de un consenso que se debata en términos democráticos.

En el caso español se empieza a ver ese tipo de alteraciones de lo icónico con profundas intenciones simbólicas. Determinaciones de gobiernos locales que arrancan de raíz lo alcanzado en las urnas que aprobaron la Constitución de 1978. Elementos que por icónicos, distraen a la prensa en los actos, en los gestos, en la ausencia de esos elementos que, por simbólicos, van sembrando un argumento que, como silogismo al fin y al cabo, determinan la forma de pensamiento, la construcción de realidades y los ajustes que, el grupo dominante en un momento, hace como representante de un colectivo sin consultar debidamente a los ciudadanos, ni a las instituciones.

4) Peirce (2)

El paso de la iconicidad al simbolismo será objeto de un post especial en breve.