Si algo caracteriza a los pueblos que emigran, por cualquier razón, es que se sienten desanclados de su identidad. Trabajan, proponen, emprenden, se educan, hacen sus vidas como los demás ciudadanos del nuevo espacio, pero no se sienten partícipes de la nueva nación que comparten.
Buscan a sus compatriotas y hacen guetos, lugares auto-protegidos para que, de alguna manera, se mantenga ese fluir de la nostalgia con algunos manjares de la mesa ancestral, compartir señas de identidad del pasado que ya no es y buscar, en el álbum de los recuerdos aquellas postales mil veces vistas de la tierra que se dejó atrás.
El éxodo de los sirios es el abreboca de esta situación. Buscan entrar en tierras europeas donde se vislumbra un futuro seguro. Un espacio de libertades y buen hacer. Un lugar donde trabajar, donde se permita vivir y un hogar donde ver crecer a los hijos. Las bombas, los disparos, las persecuciones y el hambre quedan en el alambre de espinos, las caminatas por las vías del tren, las noches en los descampados.
No es nuevo que la sociedad tenga que vivir esos complejos procesos de reubicación de refugiados. Antes fueron los judíos, los gitanos y los perseguidos políticos del nazismo. Otrora el éxodo bíblico. En fin, enumerar historias de salidas masivas es caer un una retahíla de tristezas y desarraigos.
Europa se enfrenta a un problema de dimensiones escalofriantes. Los sirios, que suman varios millones fuera de las fronteras de su patria, requieren asilo, espacios para desarrollarse, tener garantizados sus derechos humanos y las retiradas recientes de las organizaciones militares han dejado a la deriva a estas familias que, muriendo o desmembrándose, siguen su camino mientras los líderes políticos se lanzan las decisiones ante las cámaras de televisión.
No hay excusas. El mundo ideal es que cada nacional se quede en su territorio, pero para ello se requieren garantías que occidente no sabe proporcionar. Son acciones diplomáticas y militares que pretendan la paz en los territorios tocados por la locura de los dictadores, los arrebatos de quienes tienen las armas o quienes creen que son ungidos de la verdad.
Los pueblos van buscando identidad. Buscando ser parte del nuevo suelo. Pretendiendo llevar un poco de sí mismos. Son iconos tratando de llegar a la su condición de indicialidad para que, algún día, se pueda ser símbolo nuevamente. Serán los nietos de esos pueblos los que, con el acento de la nueva tierra, con las costumbres ancestrales a cuestas y con las nuevas adoptadas, puedan crear para su pueblo las señas de identidad, ese simbolismo necesario para estar finalmente integrados.