El 4 de febrero de 1992 un grupo de militares, entre los que estaba el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, atentó contra el hilo constitucional venezolano tratando de dar un golpe de Estado al entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

La astucia de Pérez, le permitió controlar la situación yendo directamente a Venevisión, desde donde se dirigió al país y demostró el empuje necesario para gobernar a Venezuela. Bueno, casi porque al tiempo se demostró, y esto fue un alarde para la democracia venezolana y la independencia de los poderes públicos, que era culpable de corrupción y se le cesó de sus funciones. De eso escribiremos en otro de artículo.

Pero el caso que nos ocupa no tiene que ver con Pérez, sino con Chávez y sus secuaces de febrero de 1992. Luego de que intentaran atentar contra la democracia y la constitución de 1961, de estar presos por violentar su jura a la bandera (aquella de 7 estrellas), de haberles sido restituidos sus derechos a tal punto de poder participar activamente en la vida política venezolana, se han ocupado de celebrar, con toda la prosapia del caso, su hazaña. Una afrenta contra lo más sagrado de las naciones, su institucionalidad.

Ese acto heroico que celebra el gobierno de Nicolás Maduro, no es otra cosa que tratar de alargar y arrastrar la vergüenza de un pueblo. Un sometimiento y manipulación que traspasa los umbrales de la cordura y la sindéresis política. Un acto digno de recordar por lo atroz, pero, en ningún momento, darle lustre de acto heroico.

Ese fue un día en el que se cometieron errores, muchos. Los primeros, ese afán de imponerse por las armas a la presidencia de un país. Desde el lado del gobierno de Pérez, el creer que, exhibiendo a Chávez en pantalla, pidiendo que se depusieran las armas en el resto del país, iba a ser efectivo. Todo lo contrario. A pesar de lograr el objetivo de aplacar a los insurgentes, se creó en torno a la figura del militar un halo místico, se le convirtió, de la noche a la mañana, en un ser místico, responsable, decoroso y, si se quiere, hasta necesario en ese maremágnum de corrupción que se vivía en la Venezuela de la última década del siglo XX.

El 4 de febrero de 1992, se ha convertido en una fecha patria, como otras tantas de carácter libertario, porque el chavismo, al no tener otra historia que esa, el alzamiento militar, al no ser una ideología capaz de transformar a Venezuela en una potencia de dignidad y bienestar colectivo, ha buscado que, en el rítmico frenesí de los tambores marciales, darle lustre a una afrenta hecha por quienes hoy no tienen nada que mostrar, nada qué decir y mucho menos, nada de lo que enorgullecerse.

Ese golpe de estado, capaz de haber posicionado a Chávez en las cumbres del éxito comunicacional con su frase “por ahora” y “responsabilidad”, es hoy, 25 años después, una muestra de que la política tiene que provenir de gente capaz de gobernar, con programas sensatos, con ideologías adecuadas al progreso, con sentido de la responsabilidad histórica, con criterio de nación, con responsabilidad hacia el colectivo que le encarga regir los destinos de un pueblo.

Nada de eso ha hecho el chavismo. Al contrario, se ha ocupado de cargarse al país, de destruirlo, de hacer que Venezuela, una nación que producía con tranquilidad al sur del Caribe, se convirtiera en un espacio reconocido por la corrupción, la mortandad y la hambruna y la insalubridad.

Ir al pasado, a celebrar las bodas de plata de un golpe de estado, a darle la importancia que no tiene, ese levantamiento armado, es por decirlo brevemente, una bofetada más a la dignidad de un pueblo que, sin saber qué hacer, ha sido sometido a largas colas para sobrevivir. Un pueblo al que se le ha despojado hasta de su dignidad.

Será un día victorioso aquel en que se vean salir de los puestos de gobierno a esta banda de delincuentes que un día, ese 4 de febrero de 1992, se alzaron en armas para asaltar al poder, la economía, la dignidad y la paz de los venezolanos.