Descripción del proyecto

 

Originalmente publicado en BEZ.ES

Si la campaña electoral para la presidencia norteamericana fue decepcionante por la enorme agresividad de los discursos, no menos desalentador ha sido el resultado. Una previsible y segura amenaza por parte de los mercados, el desplome inmediato de las bolsas de valores, la desconfianza a las encuestas que, por cierto, en lo que va de año, no han acertado ninguna (la paz colombiana, el Brexit, la presidencia norteamericana), las relaciones con la OTAN, el G3, los vecinos de Latinoamérica, Europa, Rusia, etc., etc.

Pero, no se tratan estas líneas de ver al triunfo de Donald Trump como una circunstancia producto de la decisión de un pueblo, sino tratar de entender por qué ese pueblo norteamericano depositó la confianza en él.

Los Estados Unidos no son ese espacio luminoso de Times Square. Son tipologías diversas de personas, de modos de hacer, de ganarse la vida. Pero todos estos estilos de vivir tienen un condicionante común: la necesidad de mantener un ritmo de ahorros que le permita llegar hasta el final de sus vidas. Atrás queda el sueño europeo de una jubilación. O se ahorra, o se pasarán penurias, o, por el contrario, se tendrá que trabajar hasta avanzada edad.

En una sociedad consumista y endeudada, como la que más, en una sociedad en la que velar por los intereses individuales en más importante que los del colectivo, es normal que se piense primero en los valores del sueño americano solo para los americanos. Los inmigrantes son, para ese sueño del WASP (White-anglo-saxon-protestant) un problema que se relaciona inmediatamente con la competencia por el empleo -que en muchos casos es muy precario en los EE.UU.- y, por consiguiente, por convertirse en una competencia para ese ciudadano blanco de los pocos beneficios que se pueden obtener del Estado norteamericano.

Por otra parte, la campaña de Clinton se enfocó en confiar en que los inmigrantes y las minorías raciales les darían el voto a los demócratas. Una utopía. Quien logra ser un inmigrante, asentarse en la compleja estructura norteamericana, obtener su Green-card y, en el mejor de los casos, la nacionalidad, está muy confiado en querer ser norteamericano. El inmigrante busca ser el más norteamericano de todos: deja atrás su lengua, adopta las costumbres, asume la cultura.

La oferta de Donald Trump fue otra. Rescatar al sueño americano. Usar el lema de su antecesor republicano Ronald Reagan -let´s make America great again- (le quitó el let´s) e impulsar ese modo de ser que ha hecho grande a la ilusión norteamericana, esa visión de superioridad del gentilicio, ese sueño de bandera ondeante el 4 de julio. Un ideal que pasa por la tenencia de una casa, un coche de fabricación norteamericana, esposa, hijos y hasta un perro. Tardes de domingo con barbacoas y eso sí, trabajo, mucho trabajo.

La oferta de Hilary Clinton se alejaba de ese sueño. Asumía que el american dream era un hecho para todos los habitantes de Norteamérica. Su campaña se orientó a criticar a un líder que, a pesar de su xenofobia, misoginia y machismo tenía eso, un sueño representado en una prenda tan americana como un mall: una gorra de béisbol.

Las urnas hablan y lo hacen con fuerza. Determinan qué es lo que se quiere a la hora de cenar. El WASP busca eso, estabilidad, tranquilidad, fortaleza, seguridad. Si esa seguridad la proporciona un empresario ególatra que promete una política del ladrillo para repotenciar al país con la construcción de infraestructuras, para darle empleo a los americanos, bienvenido sea el ladrillo -se oye decir a esos hombres blancos- porque seguro que de esa forma se podrá dar de comer a las familias.

El fin de la política como la conocemos ha llegado. El fin de las campañas grandilocuentes y llenas de eslóganes ha pasado. La política de la infiltración en el sistema es la dominante. La forma en como Trump llegó a ganar las primarias, sin el apoyo del partido republicano, la forma de cómo alcanzó el poder con sus altisonancias personales, con su personalidad de triunfador por encima de todo y todos, deja entrever que el elector, al menos el americano, quiere que su país sea para sí y los suyos. Nada más.