La gente, toda ella, busca lo que todos: respeto, confort, cobijo, alimento, trabajo, paz institucional, salud y educación. Mas o menos eso es lo que queremos los seres humanos. Un espacio donde vivir y crecer con nuestras familias.
Cuando ese espacio vital es creado, el ciudadano confía en los políticos para que le representen en esos deseos. Le vota y le entrega, le otorga el poder para que defina la mejor manera de alcanzar esa vida.
Pero, al llegar al poder algunos políticos asumen que su posición debe ser autocrática, despótica y, si se apura, contraria a los intereses de ese pueblo que les votó. Ejemplos, muchos. En todas las latitudes y a lo largo de la historia de la humanidad. No merece la pena destacar quien ha sido mas sanguinario con su pueblo, quien mas genocida, quien mas manipulador para preservarse en el poder.
Lo que si hay que destacar es que las formas inadecuadas del poder, las que se alejan de la democracia y la participación ciudadana, las que alientan el odio, las que subrayan los enfrentamientos entre ideologías, religiones o sexos terminan amenazando al pueblo, bien por el propio poder, bien por los ciudadanos que se convierten en cancerberos de otros. Amenazados, aterrorizados, silenciados, apocados en su propio espacio vital, no queda otra opción de tomar maletas y emprender la vida en otra frontera.
Surge así el desplazado. Aquel ciudadano que deja de serlo, que de la noche a la mañana con una identidad de otro espacio, busca ser acogido, poner sus brazos a la orden para construir con los otros, su sabiduría para compartirla y aprender de ese compartir. Lleva a sus niños para dejarles la ilusión de la vida misma, esa que tuvo y que obligado dejó atrás.
Es una vuelta a empezar, una sensación de vacío que solo se llena cuando sentado en una mesa, observa los ojos de los suyos llevarse la cuchara alimentadora a la boca. Allí se siente refugiado. Tiene cobijo, tiene comida, algo al menos para imaginar el futuro.
Confía en los políticos, en todos ellos, en su sensatez, en los sentimientos que despierta la historia leída en las aulas, en saber ponerse en los zapatos de aquella familia que busca en el fondo de un plato el último bocado antes de rendirse en el sueño de un nuevo día. Una incertidumbre permanente, ese sentir de no saber si se puede pertenecer algún día. Si ese refugio será para siempre o si por el contrario, agradecidos de la nueva tierra se pueda compartir con los vecinos el final de una semana.
Así, bajo la inacción o las formas arbitrarias de mantenerse en el poder, los políticos podrían seguir dando lecciones amenazantes y generando mas descontento, mas desplazados, mas refugiados, mas incertidumbre.